jae Tanaka
Soy de la opinión de que una creación no está terminada por completo hasta que no es observada, o leída o escuchada. Esa interacción obra-usuario la convierte también en un ser vivo, que puede cambiar en sucesivos encuentros.
Y toda esta pedantería de mierda es para explicar que eso es lo que me ha ocurrido al reencontrarme con la trilogía de Brosnan. Cuando la leí de preadolescente se convirtió en una de mis sagas de ciencia-ficción favoritas, pero ahora que le he dado una segunda lectura he llegado a desarrollar un odio fanático hacia ciertos pasajes. La trama general me sigue gustando, y bastante (de hecho, hay cierta persona que se va a enfrentar a situaciones extraídas del libro en mi futura campaña de Dark Heresy), pero hay un tratamiento "moral" de algunos de los personajes que no capté en la primera lectura y que ahora se me han metido a la fuerza por el culo.
Y es que Los Señores del Cielo tiene dos niveles narrativos: por un lado, la historia de ciencia-ficción más o menos entretenida, y por otro, la más zafia utilización de una mujer como objeto sexual a la que me he enfrentado nunca: Jan Dorvin, criada como guerrera en una sociedad matriarcal de mujeres mejoradas genéticamente, resulta ser un patético corderillo con la fuerza de voluntad de un trapo de cocina cuyo único valor es el de abrirse de piernas a las fantasías adolescentes de un escritor bastante misógino al que un traductor sin ganas ayuda más bien poco.
Y no me juzguéis mal, no soy un puritano, ni un "feminazi" de esos a los que en Intereconomía gustan de denostar. Me gustan las tetas y los culos más que respirar, veo porno cuando me da la gana y tengo una vida sexual activa que no se limita a la postura del misionero. Incluso mi "obra gráfica" la firmo como jaeTanaka, usando el apellido de una actriz japonesa especializada en bukkake. 
Pero John Brosnan es misógino hasta la náusea... humilla, usa y maltrata a su protagonista femenina sin necesidad, y he de reconocer que me ha costado acabar la trilogía en esta segunda lectura...

Ay... Cómo cambiamos, joder...
jae Tanaka
No voy a insistir más de lo necesario en lo que ya he visto que se ha ahondando en otros blogs, pero hay que decirlo, si alguien llega a esta novela por el reclamo de que es la obra definitiva sobre el 11-S, que se vaya olvidando de encontrar la más mínima referencia al acontecimiento que ha llevado a la reinvención el mundo moderno.
En lo que sí voy a hacer hincapié es que Kapitoil sería una gran novela... si tuviese algo que contar. Está bien escrita, muy bien escrita, y tiene un protagonista que, sin ser un total desconocido para la narrativa (es una especie de Sheldon Cooper qatarí), consiguió captar mi atención durante las escasas trescientas páginas en las que le seguimos por una Nueva York de finales de los noventa que bien podría ser la actual, pues la única función que tiene el contexto histórico en la novela es la de propiciar que el protagonista viaje a los Estados Unidos para contrarrestar gracias a su portentosa mente analítica el por entonces temido Efecto 2000 en la red de ordenadores de un conglomerado financiero. A partir de ahí, cualquier intento de la novela de ahondar en las tramas económicas de Wall Street o de acercarse a la fecha del 11-S es hábilmente esquivado por el autor, que hace gala de un excelente juego de cintura que le permite no mojarse el culo ni siquiera para decidir si prefiere ketchup o mostaza en su hamburguesa. En cambio, nos pasea (y que conste que es un paseo muy agradable y bien llevado) por un juego de relaciones y equívocos culturales que desde luego podrían llevar al cine Sandra Bullock y el guaperas mediterráneo de turno, un Ashton Kutcher con moreno de cabina, por ejemplo. Nada en la trama es reseñable, nada sorprende, nada, a excepción de la gran prosa de Tedy Wayne, te hace llegar sin sufrir al final de la obra.
Y es que ese es su único punto fuerte: la prosa, un uso impecable de la primera persona que hace del excéntrico discurso interno del personaje el verdadero protagonista de la novela.
Para cerrar: si queréis leer un gran ejercicio de estilo, Kapitoil merece la pena, si queréis leer una novela, buscad en otro sitio.