Eduardo Martínez

El espíritu de Billetes de ida y vuelta ha sido desde sus comienzos el de dejar por escrito la opinión, más o menos valiosa, de los cuatro miembros que formamos esta pequeña bitácora de entusiastas lectores al respecto de aquellas obras literarias que, de una forma u otra, creemos que merecen ser leídas. Algo así como una guía con la que orientar las futuras compras de libros, o los próximos prestamos en la biblioteca pública más cercana. Que leer en este país, pese al desconocimiento general y la mala percepción de la realidad, no solo es barato, sino que puede salirnos gratis.

El caso es que la mayoría de las aportaciones que hemos realizado en estos años ha sido para ensalzar los valores de tal o cual obra, recomendando su lectura de forma totalmente desinteresada. Hoy, y sin que sirva de precedente, este servidor de ustedes va a hacer todo lo contrario. Y es que ahora que llegan los calores estivales, y la cercanía de las vacaciones anima a la gente a comprar libros, este servidor de ustedes se dispone a desaconsejar de forma clarísima la lectura del libro que encabeza la presente entrada. Antes de comenzar pongo por delante que me reconozco públicamente como un pésimo escritor, incapaz de escribir algo que sea publicable. Desde aquí mi más sincera admiración a quien si goza de ese talento. Sin embargo sí que me considero un gran lector. Y como este es un espacio de libertad de expresión, voy a hacer uso de ella. Queda dicho.

Es “vox populi” que los premios literarios en este país, con honrosas y casi desconocidas excepciones, son algo así como una peligrosa mezcla entre el compadreo más descarado y la maniobra comercial más abyecta, de forma que la etiqueta de ganador de tal o cual premio ayude a mejorar las ventas. La obra que me dispongo a destrozar es la presente ganadora del que fue, hasta hace cosa de tres años, el más importante premio de novela histórica de nuestro país, el Alfonso X el Sabio (concedido por la editorial Martínez Roca y la Caja Castilla La Mancha). Reconozco que la concesión del premio a un autor tan peculiar como Alberto Vázquez-Figueroa me llamó poderosamente la atención. No en vano hablamos de uno de esos superventas tan cercanos al gran público como alejado en los últimos años de las grandes editoriales y sus chanchullos. Un autor de los que han hecho suyo el género de aventuras. Si a esto le añadimos que la novela se ambienta durante la conquista castellana de las Islas Canarias (la Isla del Hierro, para ser más exactos), de las cuales es natural el autor, entonces la cosa pintaba pero que muy bien.

Como primer detalle a destacar negativamente de Garoé debo decir que la he terminado, pese a que apenas son trescientas páginas con un cuerpo de letra y un interlineado considerable, gracias a un supremo acto de fuerza de voluntad. A día de hoy tan solo hay dos libros que he dejado sin terminar por considerarlos un auténtico coñazo. A saber, “Los hijos del Grial” de Peter Berling y el “Ulises” de Joyce (vale, que mucha obra maestra pero que se la trague su bendita madre). Garoé ha estado a punto de completar la trilogía. Pero no le quitaré méritos a la novela, porque ya se ha convertido en la pero de los últimos cinco años, que tiene cojones la cosa. Y es que Garoé es una novela con un inexistente ritmo narrativo, plagada de personajes vacios, insulsos, con unos diálogos que si no dieran pena darían risa. Un canto lamentable al buen salvaje, a los males del hombre moderno, y un largo etcétera de clichés sacados del movimiento new age sesentero y setentero más rancio e insufrible (que mierda fumaba esa gente, por Dios). Joder con la dichosa pacha mama de los huevos. Una obra que de aventuras tiene lo que tengo yo de monja ursulina. Una sucesión de datos inconexos y asombrosamente escasos acerca del periodo en el que supuestamente se ambienta la historia. Porque si me dicen que está ambientada en Marte y nos cuenta la conquista de la Ínsula de Fortinbras por las legiones cordobesas, me deja exactamente igual. Lamentable de principio a fin. Una vez terminada su lectura es inevitable preguntarse si ha sido realmente Vázquez-Figueroa quien la ha escrito. Y de ser afirmativa la respuesta uno no sabe si dudar entre que este autor que gozaba de todo mi respeto ha perdido los papeles, o si le encargaron engañar a los lectores rellenando trescientas páginas de la forma más estúpida posible. Porque Garoé es, lo que se viene diciendo, una auténtica mierda. Así, sin paños calientes. Si esta obra la hubiera presentado un escritor llamado Luis Domínguez o Roberto Rodríguez, la habría recibido de vuelta a casa en cuestión de una semana, con una notita rogándole que jamás, y quiero decir jamás de los jamases, volviese a atentar contra la inteligencia de los miembros del jurado enviando un bodrio como ese. Que mejor que se pusiera a criar gorrinos en las dehesas extremeñas. Una obra que ninguna editorial medianamente seria habría publicado en la puñetera vida.

En fin, que si usted amable lector, coincide con mi criterio respecto a las obras que anteriormente he recomendado, entonces no se acerque a este libro ni por prescripción médica.