Eduardo Martínez

Esta misma mañana, mientras me desayunaba un café con porras y me ilustraba con el periódico del día, encontré un artículo en el diario El Mundo que me ha empujado a completar esta revisión en conjunto del Ensayo sobre la ceguera del Nóbel José Saramago. Dicho artículo, escrito a raíz de la reciente pandemia de gripe porcina (o norteamericana, como quieren rebautizarla ahora), habla de las diversas formas en que cine y literatura se han aproximado a ese miedo atávico a las plagas mortales. El autor, partiendo de las Siete Plagas bíblicas, acaba llegando a Saramago y su Ensayo sobre la ceguera, emparentándole con Camus y su obra La peste, y de paso ensalzando la figura del escritor portugués.


Bla, bla, bla y más bla.


Vamos a dejar las cosas claras. José Saramago es, probablemente, uno de los mejores escritores vivos de los que podemos disfrutar. El que niegue eso es o bien un ignorante, o bien un imbécil. O las dos cosas juntas. Ahora bien, lo que no es Saramago, ni de lejos, es un novelista. Para empezar carece de lo primero que tiene que tener cualquiera que pretenda ser un novelista, y esto es tener algo que contar. Saramago para desgracia de todo aquel que se ha atrevido a leer alguna supuesta novela suya, entre los que me incluyo, no tiene absolutamente nada que contar. Y, lo que es peor, encima se empeña en demostrarlo con palabras. No es que sacrifique el fondo por la forma, sino que no tiene ningún tipo de fondo. Y la supuesta novela titulada Ensayo sobre la ceguera es una muestra más de lo que estoy diciendo. Saramago o bien ignora las reglas más elementales de la novela, o bien se nos muestra incapaz de aplicarlas. El portugués no es que sea un mal novelista, es que no es un novelista. Y punto.


Además para completar este atentado literario, gran monumento a la pedantería más insoportable, debo contradecir a mis compañeros de billetes. La idea de Ensayo sobre la ceguera dista mucho de ser original. Hasta en esto la caga, con perdón, el Nóbel Saramago. En 1951 se publicaba en el Reino Unido la novela de ciencia-ficción El día de los trífidos, de John Wyndham. Un auténtico éxito desde el día de su publicación, y considerada ya un clásico en su género, El día de los trífidos nos muestra una humanidad que se ha quedado completamente ciega. Los pocos humanos que se han “salvado” de esa ceguera se convierten en los protagonistas de una historia que, si bien marcada por los miedos de la naciente Guerra Fría y totalmente inscrita en el género de la ciencia-ficción, resulta coherente en todo momento y francamente entretenida. Todo lo contrario del Ensayo sobre la ceguera. Saramago, con toda la pedantería de la que puede hacer gala, que es mucha más de la que se puede soportar, copia descaradamente la idea de Wyndham para enseñarnos, amable él, como jamás se debe de escribir una novela.


Lo dicho, el que tenga ganas de perder el tiempo aburriéndose como un hongo que no lo dude ni un instante, Ensayo sobre la ceguera es su libro. Ahora bien, si piensa usted que la idea que vertebra el libro tiene potencial, busque en su librería más cercana un ejemplar de El día de los trífidos, no se arrepentirá.


3 Responses
  1. gema Says:

    Si esto me pasa por no (que no ponyo) leer ciencia ficción...

    A mi me ha parecido un escritor de parrafos...no de novelas, coincido en eso contigo. En cuanto a la idea, como he dicho, me ha parecido impresionante...pero decepcionante, sobre todo en el final...¿qué final?


  2. Gracias Edu!!! Gracias Gema!!! Ya no me siento sólo!!! Creí que ibaa quedar, como siempre, nadando contra corriente!!! XDDDD


  3. Vaya, vaya con Saramaguito.
    Ver http://saramagoplagiario.blogspot.com