jae Tanaka
Que Kafka en la orilla es una puta obra maestra no creo que me o discuta nadie, así que no voy a perder el tiempo en decir lo increíblemente buen escritor que es Murakami. De lo que voy a hablar es del profundo analfabetismo del que se hace gala en el inframundo este de la literatura y que lleva a dividir entre textos de primera y textos de segunda. Y es que la narrativa de ese Murakami al que tanto intelectual adora no difiere demasiado de la de muchísimos otros autores que se quedan en ese limbo de la subliteratura que es el cómic, o en este caso, el manga. Si alguno de esos eruditos a la violeta se bajasen de su pedestal de ínfulas y se acercasen a la obra de Suehiro Maruo, Hayao Miyazaki o los relatos cortos de Rumiko Takahashi encontrarían algo muy parecido a lo que ofrece Murakami. Pero claro, ellos no son merecedores de optar al Nobel, porque hacen "dibujitos". Pues ale, ahí os quedáis con vuestra ignorancia. Que os aproveche.

jae Tanaka
Soy de la opinión de que una creación no está terminada por completo hasta que no es observada, o leída o escuchada. Esa interacción obra-usuario la convierte también en un ser vivo, que puede cambiar en sucesivos encuentros.
Y toda esta pedantería de mierda es para explicar que eso es lo que me ha ocurrido al reencontrarme con la trilogía de Brosnan. Cuando la leí de preadolescente se convirtió en una de mis sagas de ciencia-ficción favoritas, pero ahora que le he dado una segunda lectura he llegado a desarrollar un odio fanático hacia ciertos pasajes. La trama general me sigue gustando, y bastante (de hecho, hay cierta persona que se va a enfrentar a situaciones extraídas del libro en mi futura campaña de Dark Heresy), pero hay un tratamiento "moral" de algunos de los personajes que no capté en la primera lectura y que ahora se me han metido a la fuerza por el culo.
Y es que Los Señores del Cielo tiene dos niveles narrativos: por un lado, la historia de ciencia-ficción más o menos entretenida, y por otro, la más zafia utilización de una mujer como objeto sexual a la que me he enfrentado nunca: Jan Dorvin, criada como guerrera en una sociedad matriarcal de mujeres mejoradas genéticamente, resulta ser un patético corderillo con la fuerza de voluntad de un trapo de cocina cuyo único valor es el de abrirse de piernas a las fantasías adolescentes de un escritor bastante misógino al que un traductor sin ganas ayuda más bien poco.
Y no me juzguéis mal, no soy un puritano, ni un "feminazi" de esos a los que en Intereconomía gustan de denostar. Me gustan las tetas y los culos más que respirar, veo porno cuando me da la gana y tengo una vida sexual activa que no se limita a la postura del misionero. Incluso mi "obra gráfica" la firmo como jaeTanaka, usando el apellido de una actriz japonesa especializada en bukkake. 
Pero John Brosnan es misógino hasta la náusea... humilla, usa y maltrata a su protagonista femenina sin necesidad, y he de reconocer que me ha costado acabar la trilogía en esta segunda lectura...

Ay... Cómo cambiamos, joder...